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LOS PUNTICOS negros (abajo) son ellas envueltas por una típica tormenta en el Himalaya.

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Marzo de 2007

 

La odisea de dos mujeres colombianas en el Himalaya

Durante 30 días lucharon contra las ventiscas del Tíbet, a 25 grados bajo cero, en su intento por coronar el majestuoso Shisha Pangma, de 8.042 metros de altura. Aunque la cima la tuvieron frente a sus ojos, la montaña del Dalai lama les dio una lección que jamás olvidarán.

Por Nelson Fredy Padilla / Fotos cortesía Expedición Colombiana al Shisha Pangma-2006
 

Ana María Giraldo y Andrea Molina son pequeñas en estatura. Se ven frágiles y muy femeninas. A primera vista nadie les creería que acaban de regresar, ilesas, de la mítica cordillera de los Himalayas y menos que son los dos punticos negros que se ven en la foto de apertura atravesando una vertiente de “el techo del mundo”. Pero en realidad, detrás de la piel quemada por el hielo, esconden un poder físico y mental que se condensa en lo que los escaladores llaman “corazón de héroe”.

Tenerlo es superar una prueba suprema que esta vez empieza en las faldas del Shisha Pangma, llamado el “trono de los dioses”. Antes de escalar sus 8.042 metros, deben cumplir con el ritual budista “puja”, junto a 120 aventureros de todo el mundo (apenas seis mujeres, incluidas las colombianas) que este otoño decidieron medir el límite de sus capacidades. Frente a un altar de rocas, presidido por las imágenes de Buda y el Dalai Lama, piden permiso para entrar a la “tierra de los santos” y un monje tibetano les bendice el equipaje y la ropa.

Les amarran una pulsera roja y una banda en seda beige con oraciones en sánscrito. Un momento inolvidable para Ana María: “Está nublado y durante la ceremonia el cielo se abre y vemos el Shisha pleno”. Las primeras lágrimas corren por cuenta de los dos hombres, Carlos Alberto Camargo, jefe del grupo, y Luis Felipe Ossa, encargado de dirigir la parte técnica del ascenso, que también pisan por primera vez el Himalaya. “Es sobrecogedor, hermoso, abrumador”.
 Los empobrecidos tibetanos mandan a nivel espiritual mientras los estrictos militares chinos se ocupan de que todo turista paguen entre 2.000 y 3.000 dólares por intentar la cumbre o de multarlo con el doble si viola el número de días autorizados. Los colombianos tienen 30 y en total, el costo de esta aventura por cabeza es de 12.000 dólares y sólo es posible gracias a patrocinadores como Colseguros, Delta Airlines y Epopeya.

¿Qué se necesita para trepar hasta donde sólo se respira con 25% de oxígeno, y sobrevivir? Ellas dicen que, además de disciplina, perseverancia y paciencia, mucha experiencia. Y la están acumulando a punta de gélidas odiseas en las que se juegan el pellejo. Ana María nació en Manizales y aunque sólo tiene 26 años es una deportista consumada, campeona de nado subacuático y ciclomontañismo. Estudió ingeniería industrial, pero apenas descubrió el Parque Nacional de los Nevados decidió entregar su vida a esas montañas donde trabaja como guía turística. Tras coronar las principales cúspides colombianas, a más de 5.000 metros, pasó a las que superan los 6.000, tan legendarias como Chimborazo (Ecuador), Aconcagua (Argentina) y McKinley (Alaska). Igualmente, subió al Elbrus, el techo europeo en Rusia.

La médica veterinaria bogotana, Andrea Molina, también completa una década de alta montaña. A los 32 años de edad ha sido guía en la Sierra Nevada del Cocuy y sabe lo que es alcanzar cumbres nacionales, como los nevados del Ruiz, Santa Isabel, Tolima, Sierra Nevada de Santa Marta, o internacionales como el pico Bolívar, en Venezuela. También volcanes como el Cumbal y el Azufral o el ecuatoriano Cotopaxi.

Desde el año pasado fueron escogidas como las dos primeras mujeres colombianas que hacen parte del equipo mixto que intentará pararse en la cima del monte Everest, a 8.848 metros de altura, en abril de 2007. Las eligieron tres hombres que ya lograron esa hazaña el 24 de mayo de 2001: Juan Pablo Ruiz, Marcelo Arbeláez y Manolo Barrios.

Ruiz, el director de esta selección Colombia de montañistas que ya ha izado el tricolor en cinco de las mayores cimas del mundo, las ve como el símbolo de la capacidad de resistencia y superación de la mujer colombiana.

Para demostrarlo, ahora afrontan una exigencia mayor. No es nada fácil embarcarse el 27 de agosto en un avión con 50 kilos de equipo cada una, darle media vuelta al mundo (Bogotá-Atlanta-París-Mumbay-Nueva Delhi-Katmandú) y enfrentarse en el Himalaya, a los 14 picos de más de 8.000 metros. El reto: escalar el Shisha Pangma, el mismo que inmortalizó el libro Siete años en el Tíbet. La historia de cómo el montañista nazi Heinrich Harrer escapa de un campo de concentración en la India, atraviesa el Tíbet a pie y se convierte en amigo de la máxima autoridad espiritual de este monte, el Dalai Lama.

El 2 de septiembre emprenden la travesía por la ruta más larga pero más segura, la que abrió el legendario “conquistador del Himalaya”, Reinhold Messner, autor de En los límites de la tierra (1991), que advierte en su libro: “La verdadera aventura incluye el fracaso”. Atrás dejan la preocupación de haber conseguido todo el equipo técnico para escalar y protegerse del frío; desde las pastillas para tratar un posible edema pulmonar, las carpas de nailon especial que los aísla de las temperaturas bajo cero, hasta ropa de membranas similar a la que usan los astronautas para expulsar el sudor. Infaltables son las chaquetas de plumas de pecho de ganso, si no quieren morir congelados al sobrepasar los 6.500 metros.

Además de imponentes agujas nevadas, que se abren a partir del temido “paso de los penitentes”, lo primero que ven son las ofrendas a las víctimas del Shashi. Unos N.N. aventureros, otros héroes como el norteamericano Alex Lowe, designado por la revista Outside “el mejor alpinista del planeta” y quien desapareció allí en 1999, en medio de las siempre traicioneras avalanchas. ¡Iba a coronar y luego a bajar en esquíes!

La aclimatación inicial es de una semana. Primero a 3.750 metros, luego a 4.200 y, por último, a 5.000 metros, donde montan el campamento base. Desde esta altura, lograr en equipo un punto medio entre la ansiedad de lograr la cumbre y la prudencia puede ser la diferencia entre la vida y la muerte. Los hombres admiten que la serenidad femenina es ideal para encontrar el equilibrio y Andrea lo ratifica: “son mucho más competitivos entre ellos y frente a los de los demás países acompañantes, mientras que nosotras somos mucho más tranquilas”. Viven muchas horas de soledad y no hay tiempo ni motivos para la vanidad: apenas baño con un balde de agua caliente cada ocho días, protector solar al 100%, aceites hidratantes y gafas de sol todo el tiempo.

El siguiente paso es un campamento avanzado a 5.600. La que más sufre al comienzo es Andrea, encargada de la parte médica. “Por una laringitis no podía seguir subiendo a causa del dolor de cabeza intenso y palpitante”. Una vez estabilizados, desde el 10 de septiembre se dedican a subir equipo y provisiones, de día o de noche, hasta montar dos campamentos más, a 6.400 y 7.000 metros, antes de atacar la cima.

Sin embargo, los vientos posmonzónicos y las nevadas se intensifican durante dos semanas. Pasan días completos resguardados en las carpas porque la temperatura exterior llega a 25 grados bajo cero, que sumada a ráfagas de viento de 60 kilómetros por hora da una sensación térmica de diez grados más de frío. Andrea cuenta que “la única alternativa es la carpa donde el termómetro marca un grado”. Son los hombres los que más lo sienten: Carlos pierde sensibilidad en las manos y Luis en los pies, pero con masajes se libran de uno de los mayores peligros de la montaña: perder alguna extremidad por congelamiento.

El primer gran golpe que el clima les da es sepultar el penúltimo campamento. Tienen que reconstruirlo. Una vez terminan apenas les queda una semana de tiempo y, cuando regresan al de 7.000, también estaba bajo dos metros de hielo. Rescatan lo que pueden, pierden carpas, el gas para cocinar y comida liofilizada.

 Con la arista del Shisha Pangma sobre sus cabezas, cuando van a instalarse a 7.200 para atacar la cima, ven cómo pasan por su lado y cabizbajos escaladores con récord de hasta 25 expediciones al Himalaya. La acumulación de nieve durante veinte días hace imposible subir más sin arriesgar demasiado. El glaciar queda rayado de nuevas y más peligrosas fisuras. Un mal paso y toneladas de placas de hielo arrasarán todo.

Los colombianos meditan durante tres horas la posibilidad de quedarse pero necesitan de una semana adicional para alcanzar la meta y no tienen dinero para pagar las multas. Ese 29 de septiembre, antes de medio día, los cuatro lloran de tristeza por no poder izar la bandera de Colombia que, a propósito, la última avalancha deja sepultada.
El recuerdo atormenta a Ana María: “Fue muy triste regresar en medio de una mezcla de nostalgia e impotencia. Hicimos todo bien, estábamos listos y muy fuertes, y nos tocó reconocer que la naturaleza es más poderosa”.
Mientras bajan, vuelven la cabeza hacia la esquiva punta y siguen sollozando. Andrea dice que seguirá valorando a la montaña “como a una madre a la que uno ama por encima de todo pero que a veces te dice: ¡no! Y, aun así, necesitas volver a sus brazos”.

Carlos está seguro de que es el lugar ideal para completar la preparación con miras a soportar en seis meses 30 días en el muy cercano y más letal Everest, 1.800 metros más arriba, aunque ya con la guía de seis veteranos con los que harán balance esta semana en Bogotá más allá de las emociones. “No fracasamos. Nos consolidamos como equipo y como personas, conocimos la dinámica del Himalaya. En mis 17 años de experiencia, es la montaña en la que más he aprendido y en la que mejor me he sentido, así no la haya culminado”.

De los 120 escaladores que lo intentaron, sólo un español y dos peruanos tocaron “el trono de los dioses”, una semana después de que los demás renunciaran a la gran cumbre. Las dos primeras mujeres colombianas en superar los 7.000 metros de altura aseguran: “Es la mayor lección de montañismo de nuestras vidas”.

El miedo se mezcla con la ansiedad apenas se encuentran con las ofrendas a las víctimas que ha cobrado la montaña.
 

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